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¿Qué vamos hacer contigo?

Allí  está de nuevo, omnisciente, perspicaz, tan inconfundible como incomprensible; se parece  tanto a un cuñado impertinente que no quieres, pero te lo tienes calar por respeto a tu hermana.  Es el resultado de la historia que te creaste, sobre una historia que no  era sólo tuya.

Se trata de una agitación constante, no hay  espacio para la calma; no  es como un oleaje, que deja su pausa entre una y otra ola; no, es un ciclón, donde no hay descanso, es la persecución recurrente, aparece por todos lados. Ni que apagues las noticias,  ni que te alejes de las redes, ni que te escondas de la gente… ella se hará cargo  de encontrarte.

Se aparece en distintos personajes: En ese que se burla de manera descarada de todos, el mismo que fue blanco de la burla de todos, el que creían bruto y hoy  muestra una brutalidad desmedida, para darte la razón. Nunca falta el que vende la esperanza con sangre; también,  el que dice que falta poco, sin precisar cuanto(s) es ese “poco”. El  odioso de oficio, que es capaz de volverle a vender su alma al diablo, sólo para estar un rato más en el poder, y  te evidencia con descaro, la fuerza que tienen las mentiras en las mentes débiles. Son muchos, variopintos e incontables, pero, todos, te recuerdan que no estás solo.

Sientes el degastes físico ante su presencia;  la piel la tienes sensible ante cualquier roce; la indignación parece los distintos flashes de los paparazzi en persecución de un nuevo escándalo; y  ese sentimiento representa la tilde en una esdrújula palabra.

Huir no parece sano, mucho menos aceptable para los patriotas; exponerse con un verbo encendido, colmado de ira, de ofensas, de incoherencias, de falta sosiego, te convierte en blanco de muchos, en héroe fugaz de otros, y también,  en victima de ti mismo.

No  se  trata de respuestas, ya que hay muchas, las podemos ver, leer,  escuchar y sentir en cada cola, en cada marcha, en cada familia mutilada de uno de los suyos de manera violenta, en cada represión, en cada estrategia política,  en cada mentira mediática, en eso que piensas.

Salidas hay, y la variedad es mayor a las que nos muestran en las creaciones intelectuales de los grandes dirigentes, a través de los anaqueles y vitrinas de los distintos medios;  hay  salidas lógicas y legales, que exigen deponer la más letal de las armas: El  egocentrismo. Esta solución parece una utopía, y con esa mera creencia se activa ese sentimiento que intento describir.

Hoy lo anecdótico: se convierte en una bomba lacrimógena; es más dramático que la telenovela “Por estas calles”; se hace más viral que el video intimo de 3 personajes de media fama;  llega a despertar más morbo, que saber la forma agónica en que muere un estudiante; es una forma de despertar un arcoíris emocional; y una vía segura de activar a la protagonista de este artículo.

Cuando está presente, es tanta la incomodidad, que buscando ignorarla nos dedicamos a culpar y a señalar de manera firme a otros, nos volvemos más “racionales”, nos radicalizamos porque “tenemos” la  razón, o acudimos a la fe, como una forma de mitigar los estragos que hace a la paz interna.

Si logras distraerla, a través de la meditación, de repetirse como mantra: “El  tiempo de Dios es perfecto” ó sencillamente imbuirse en una actividad (o sustancia) que le aleja de la “realidad”, la misma realidad se hará cargo de volverle a ella, cuando  se consiga en la esquina una calle cerrada con escombros o, un grupo de motorizados sospechosos de ser violentos.

Allí  está de nuevo, omnisciente, perspicaz, tan inconfundible como incomprensible… ¿Qué vamos hacer contigo Sra. Incertidumbre?

 

Amancio Ojeda Saavedra

@amanciojeda

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