EL LABERINTO DE LIBROS

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EL LABERINTO DE LIBROS

Pasillos de libros que se convertían en un verdadero laberinto, en esos mismos pasillos, además, había pilares de textos que nacían en el piso y pasaban por encima de la cintura de aquel visitante de la Librería España quien, obligado por su padre Isidoro, iba cada semana a conversar con el viejo Fran, un librero de experiencia, con los ojos gastados de leer, como lo evidenciaban sus espejuelos “culo de botella”. 

Cada sábado las conversaciones se extendían mucho más de lo que el niño hubiese querido, mucho menos de lo que los dos “charlatanes” tenían para decir sobre esos temas incomprensibles para el más joven de los tres. Al final la misma historia: Su padre salía con un par de libros que lo absorbían durante la semana. 

Isidoro no solo era un lector voraz, voraz sino que – como maestro-, siempre supo que el mejor regalo que podía darse era un libro. Así que para los cumpleaños, navidades, reyes magos, reconocimientos por haber sacado una buena nota en el colegio, Germán recibía un libro. Regalos que poco disfrutaba y que se iban almacenando en su habitación. Todos esos obsequios literarios eran conversados y analizados con Fran, quien siempre tenía “la mejor recomendación”, aunque Germán no  estuviese de acuerdo, ya que él siempre iba a preferir una pelota de fútbol, un guante de béisbol, un par de zapatillas de modas, unas  entradas para ver un partido de baloncesto. Pero no, él recibía como regalo una visita al laberinto de libros, a escuchar una conversación que no entendía entre dos hombres muy cultos y un libro. 

Un día, cuando ya Germán tenía 12 años, su padre lo llevó a comprar “Doña Bárbara” de Rómulo Gallegos, que era de obligada lectura para sus clases de literatura en el Bachillerato, y  luego  de la concebida charla con Fran y encontrar la obra en tapa dura, Isidoro le dio una licencia al joven, diciéndole: 

— A partir de ahora podrás comprar el libro que tú elijas, y además de la obra de Gallegos, hoy podrás llevarte el que quieras. 

Germán sintió un alivio, y  salió a buscar entre los pasillos su selección para ese fin de semana, eligiendo y comprando la Biografía de “El Caballo” de Alberto Juantorena.

Al siguiente sábado; Germán se levantó más temprano, y se vistió con premura para ir al laberinto de libros; ansiaba comprar un nuevo texto. Era la primera vez que sentía prisa por hacer ese recorrido. 

Isidoro, padre, sabio, que descubría en los ojos de sus cinco retoños las verdades y  las mentiras, abrió una conversación en el camino, preguntando: 

— ¿Cómo  te fue con los libros de la semana? 

— Bien papá — respondió Germán.

— Cuéntame un poco más de cada uno de ellos – pidió el padre. 

Germán le habló de las hazañas que había hecho “El Caballo” en las olimpiadas del 1976, y los aportes al  deporte de pista y campo, así como algunos de los rasgos de su personalidad y lo duro de su vida en Cuba.

El padre le preguntó por su tarea colegial, que era leer a Gallegos, a lo cual el joven no le quedó otra cosa que responder que aún no había iniciado la lectura. 

Ya en el laberinto de libros, lleno de gente, Fran los recibió  en el mismo mostrador de siempre, con la misma sonrisa y con el mismo ritual de anunciar las nuevas obras que habían llegado y que seguro serían del gusto de Isidoro, pero con un leve cambio, le preguntó a Germán como le fue con la lectura de esa semana; el joven no lo podía creer, se emocionó y le contó  todo lo que había leído sobre “El elegante de las pistas” (otro apodo que le daban a Alberto Juantorena). 

Los charlatanes consagrados mostraron cara de alegría, preguntaron, refutaron, y desafiaron al joven a mostrar su opinión, al comparar los logros del personaje con otros atletas. Germán se sintió feliz de haber participado por primera vez en la conversación; ser tratado como uno más del grupo y no como el acompañante impaciente de Isidoro. 

Esa mañana, luego de la conversación pasaron dos cosas importantes para los protagonistas: La primera, Germán recibió la recomendación del librero de cuatro auto-biografías de deportistas emblemáticos: la de los futbolistas Alfredo Di Stéfano y Franz Beckenbauer, la del grande del béisbol Babe Ruth, que estaba muy bien ilustrada y  tenía todas las estadísticas de sus hazañas de manera ordenada en una tabla en forma de apéndice, y la del atleta negro de las pistas, Jesse Owens; así que le tocó decidir y  valorar la amistad y las conversaciones de Fran con su padre.

 Lo segundo, es que descubrió que le gustaba conversar y participar de manera inteligente. Así entendió que la lectura es un medio para poder pertenecer, y que es mucho más que un acto solitario del hombre con unas hojas escritas. Fran vio en la mirada de Germán a un nuevo cliente; Isidoro sintió que valió la pena pasear a su hijo por ese laberinto de libros.

Esa mañana, volvió a hacer uso del libre albedrío que le habría dado su padre para elegir su nuevo paseo literario y, con hambre de saber, salió de la librería con un libro titulado “The Say Hey Kid” que contaba la vida de Willie Mays.

Y llenándose de historias, aún hoy, sigue escribiendo su propia historia.



Amancio Ojeda Saavedra

@amanciojeda

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